Bajo una retama…
(1Re. 19, 4)

 
Es conocida por todos la historia del profeta Elías. Impresiona su éxito en el monte Carmelo, donde demuestra que sólo Yahvé es Dios y Baal una invención de los hombres. El capítulo 18 del primer libro de los Reyes nos va situando en la escena: Elías está de parte de la verdad. Sin embargo, nos sorprende también la terrible depresión en la que cae el profeta luego de tan rotundo éxito. Qué difícil es entender este bajón de ánimo cuando Dios ha sido tan claro en confirmar su poderío por medio de Elías. ¿Qué pasó? ¿Por qué el miedo a la reina Jezabel lo hundió en esta vertiginosa oscuridad? Me sirvo de este pasaje para intentar dar ánimos a quienes yacen en la mazmorra de la depresión y pasan por la terrible noche de la fe. Me preocupa ver tanta gente desalentada en este camino. Creyentes que otrora se sentían seguros con su fe, con la certeza de un Dios vivo, hoy se sienten perdidos y gritan con las palabras del salmista: “Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado en la inocencia mis manos? ¿Para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana? (Sal. 73, 13).
 
Bajo la retama, el profeta Elías da rienda suelta a su frustración. Este arbusto crece en el desierto y sus pequeñas hojas producen una sombra suficiente para guarecerse del inclemente sol. Sus pensamientos son oscuros: “¡Basta, Yahvé, toma mi vida porque ya no valgo más que mis padres!” (1Re. 19, 4). La depresión o la melancolía traen consigo estos pensamientos oscuros. El profeta parece olvidar la acción portentosa de Dios en el Monte Carmelo, y se centra en la poca acogida de este maravilloso hecho a los ojos del pueblo de la Alianza. Todo lo que se ha hecho no ha servido de nada, la gente no valora lo que se hace por ellos. Recuerdo que, al inicio de la pandemia del Covid -19, se decía que este mundo iba a cambiar radicalmente de rumbo, se nos invitaba a prepararnos porque “nacerían los cielos nuevos y la tierra nueva” (Is. 65, 17). Pero no es precisamente eso lo que se experimenta en el ambiente: aumenta la corrupción que empobrece a miles cada día, el confinamiento ha puesto en evidencia el maltrato doméstico y el abuso sexual de niños se ha disparado de una manera escandalosa; en estos días algunos gobiernos han aprobado leyes para favorecer el aborto y la eutanasia, y la lista sigue… Todo esto puede llevarnos a caer en la tentación del pesimismo, a secundar en nuestra mente los pensamientos oscuros, con la terrible consecuencia de perder la esperanza. Y entonces sobreviene un profundo sueño que vence las ganas de vivir y de apostar por el cambio.
 
La buena noticia es que Dios no se deja vencer por el derrotismo del profeta. Esta experiencia traumática debe convertirse en una gran fortaleza, en la experiencia de un hombre nuevo. El monte Horeb representa la nueva visión que renovará el corazón de Elías. Descubrirá que la fuerza de Dios sólo se da en el susurro de una suave brisa (1Re. 19, 12), no en el fuego que consumió la leña y la víctima. Pero sólo es posible este encuentro cuando decide meterse en la cueva y dejar a Dios el resto. Lo importante no es lo que Elías hace por Dios o para demostrar a otros que Dios es Dios. Lo verdaderamente importante es la experiencia de intimidad con Dios que hace un corazón fuerte y sabio. “Entonces se oyó una voz: Elías, ¿qué haces aquí? Respondió: ardo de indignación por Yahvé Sabaot, porque los hijos de Israel te han abandonado. Han derribado tus altares, dado muerte a cuchillo a tus profetas; sólo he quedado yo y tratan de matarme” (1Re. 19, 13).

¡Tristeza y melancolía, fuera de la vida mía! Entonces, hermano, ¿qué haces aquí, con esos pensamientos lúgubres? Es el momento de despertar de ese letargo que enfría el corazón para el encuentro con Dios. Se puede perder todo, menos el fuego de Dios que se aviva en la intimidad del corazón. La madera de la retama era muy apreciada en la antigüedad. Producía tanto fuego, que con ella se calentaba el horno donde se cuece el pan. También se usaba para forjar las espadas, pues su combustión lograba un fuego potente. De ahí la expresión “flechas muy puntiagudas de guerrero, endurecidas con ascuas de retama (Sal 120, 4). Ahora puedes comprender la razón del título del presente artículo: Bajo una retama… Los que son de Dios avivan el fuego de la esperanza, forjan con su entusiasmo la fe, aún en medio de pruebas y dificultades. Se ponen bajo la sombra de la retama, para lanzarse a la aventura del desierto, de la purificación, de la renovación personal. Desde esta retama se puede gritar con el salmista: “Confía en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor” (Sal 27, 14).

¡Cómo nos sorprende la Palabra de Dios! Realmente es una palabra viva, eficaz; “es una lámpara para nuestros pasos” (Sal. 119, 105). Ella misma nos da unos pasos sencillos para superar la tristeza y la depresión. Tres acciones le pide Dios al deprimido profeta Elías para salir del foso en que ha caído: despertar (¡levántate!), comer - beber (pan y agua) y ponerse en camino.

1.- Despertar: dormir es dejar que la inconsciencia domine tu vida. Es anestesiarse para evitar el dolor. Simplemente no sirve. El creyente dormido no avanza. Es una constante en el apóstol Pablo la invitación a estar despiertos: “¡Despierta!, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef. 5, 14). El verbo que usa San Pablo es Despierta que, en el Nuevo Testamento, se emplea para indicar también la resurrección, la vida nueva. Abrir los ojos significa trascender, mirar todo desde los ojos de Dios. Nuevamente San Pablo nos hace la invitación a estar despiertos. “Ya es hora de despertarse del sueño… La noche está avanzada, el día se echa encima. Revistámonos de luz” (Rom. 13, 11ss).

2.- Comer y beber: La persona deprimida experimenta pérdida de apetito. Elías es casi obligado por el ángel a comer pan y a beber agua. Con la fuerza de ese alimento, atravesará el desierto en un tiempo de 40 días. La Eucaristía y la Palabra de Dios son un verdadero alimento para salir de la melancolía. Ese pan y esa Palabra son afecto, ternura, compasión. Sin ese alimento es imposible atravesar el desierto, pues desmayaríamos en el camino.

3.- Ponerse en camino: Está comprobado que caminar libera serotonina, la hormona de la felicidad. Este ejercicio físico genera tranquilidad, bienestar, paz. Permite también pensar, reiniciar el cerebro cuando está bloqueado por el estrés o la depresión. Piensa que el Señor nos quiere en camino. La opresión y esclavitud en Egipto es superada cuando el pueblo decide ponerse en camino hacia la libertad (Ex. 12, 37ss). Nos dice el libro del Éxodo que comieron panes ázimos antes de partir de Egipto. Quedarse paralizado por la tristeza empeora la situación anímica. Dios quiere a los suyos en constante movimiento, en constante conversión.

Bajo una retama quiere ser una reflexión humilde para los corazones desesperanzados, para tantos que -como Elías- viven la noche oscura de la fe. Si no es tu caso, quiero que sea también un incentivo para animarte a acompañar a quienes requieren la presencia de una retama que cobije e impulse. Pienso que hoy estamos llamados a “dar respuesta de nuestra esperanza a todo el que nos la pida” (1Pe. 3, 15). El cristiano tiene este fuego de la interioridad, y puede hacer un enorme bien a la humanidad si decide acompañar a los hombres y mujeres de hoy “en sus angustias y tristezas”. 
 
Hay un himno litúrgico con el cual quiero terminar esta pequeña reflexión. Un himno que puede ayudarnos no sólo a entender lo dicho hasta aquí, sino también para “hacer liturgia del corazón” (la frase entre comillas no es mía, sino de un sabio hermano de la recolección agustiniana, cuyo nombre me reservo). Un himno a Cristo jardinero, que pone esperanza en el corazón.
 
“Hoy que sé que mi vida es un desierto,
en el que nunca nacerá una flor,
vengo a pedirte, Cristo jardinero,
por el desierto de mi corazón.
 
Para que nunca la amargura sea
en mi vida más fuerte que el amor,
pon, Señor, una fuente de alegría
en el desierto de mi corazón.
 
Para que nunca ahoguen los fracasos
mis ansias de seguir siempre tu voz,
pon, Señor, una fuente de esperanza
en el desierto de mi corazón.
 
Para nunca busque recompensa
al dar mi mano o al pedir perdón,
pon, Señor, una fuente de amor puro
en el desierto de mi corazón.
 
Para que no me busque a mí cuando te busco
y no sea egoísta mi oración,
pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra
en el desierto de mi corazón”. 
 
Amén
 
Por Fr. Eddy Omar Polo, OAR
Presidente de CONVER